La unidad del ser y la unidad en la armonía de las cosas, según las escalas ascendentes y descendentes; la evolución progresiva y proporcional de la Palabra; la ley inmutable del equilibrio y el progreso graduado de las analogías universales; la correspondencia entre la idea y su expresión, proporcionando una medida de semejanza entre el Creador y lo creado; la matemática esencial del infinito, demostrada por las dimensiones de un solo ángulo en lo finito: todo esto está expresado por una sola proposición:
"lo que existe arriba es como lo que existe abajo, y lo que existe abajo es como lo que existe arriba, para la realización de las maravillas de la cosa única".
A esto se añade la revelación y la descripción iluminadora del medio creador, el fuego pantomórfico, el gran medio de la fuerza oculta: en una palabra, la Luz Astral.
"El sol es su padre y la luna, su madre; el viento le llevó en sus entrañas". Se desprende que esta luz emanó del sol y recibió forma y movimiento rítmico de las influencias de la luna, mientras la atmósfera es su receptáculo y prisión. "La tierra es su nodriza", es decir, es equilibrada y puesta en movimiento por el calor central de la tierra. "Este es el principio universal, el TELESMA del mundo".
Hermes sigue expresando de qué manera esta luz, que también es una fuerza, puede ser aplicada como palanca, como disolvente universal y como medio formativo y coagulativo; asimismo, cómo esta luz debe ser extraída de los cuerpos en los que está latente a fin de imitar todos los artificios de la Naturaleza con el auxilio de sus diversas manifestaciones como fuego, movimiento, esplendor, gas radiante, agua hirviente o, finalmente, tierra ígnea. La Tabla de Esmeralda contiene toda la Magia en una sola página. Las otras obras atribuidas a Hermes, (El Divino Pimandro, Asclepio, Minerva del Mundo, etc.) son consideradas generalmente por los críticos como producciones de la Escuela de Alejandría; no obstante, contienen las tradiciones herméticas preservadas en los santrinas de Hermes jamás se perderán; en medio de toda su ruina, los monumentos de Egipto son tantas hojas dispersas que pueden ser recogidas, reconstruyéndose así íntegramente el libro de estas doctrinas. En ese vasto libro, las letras mayúsculas son los templos, y las frases son las ciudades puntuadas con obeliscos y con la esfinge.
La división física de Egipto fue una síntesis mágica, y los nombres de sus provincias correspondieron a las cifras de los números sagrados. El reino de Sesostris estaba dividido en tres partes; de éstas, el Egipto Superior, o la Tebaida, era un tipo de mundo celestial y la tierra del éxtasis; el Egipto Inferior era el símbolo de la tierra, mientras el Egipto Medio o Central era la tierra de la ciencia y de la alta iniciación. Cada una de estas partes se subdividía en diez provincias, llamadas Nomas, y estaba ubicada bajo la particular protección de un dios. Por tanto, había treinta dioses, agrupados de a tres, que expresaban simbólicamente de esta manera todas las ideaciones posibles de la tríada dentro de la década, o de otro modo, el triple significado material, filosófico y religioso de las ideas absolutas atribuidas primitivamente a los números. Así tenemos la triple unidad, o la primera tríada; el binario triple formado por la primera tríada y su reflejo, que es la Estrella de Salomón; la tríada triple, o la idea completa bajo cada una de sus tres formas; el cuaternario triple, que es el número cíclico de las revoluciones astrales, y así sucesivamente. La geografía de Egipto bajo el reinado de Sesostris es, por tanto, un pentáculo o resumen simbólico de todo el dogma mágico originado con Zoroastro y redescubierto o formulado más precisamente por Hermes.
De esta manera, la tierra de Egipto pasó a ser como un gran volumen y las instrucciones allí contenidas se multiplicaron al traducirse en cuadros, esculturas y arquitectura, a lo largo y a lo ancho de las ciudades y en todos los templos. Hasta el desierto tuvo sus enseñanzas eternas, y su palabra de piedra fue fijada firmemente en los cimientos de las pirámides. Estas mismas se alzaron como fronteras de la inteligencia humana, en cuya presencia la colosal esfinge meditaba una edad tras otra, hundiéndose gradual e insensiblemente en las arenas del desierto. Incluso en la actualidad, su cabeza, borrada por obra del tiempo, emerge aún de su sepulcro, como si aguardase expectantemente la señal de su inhumación completa con la llegada de una voz humana que revele a un mundo nuevo el problema de las pirámides.
Del libro historia de la magia de E.Levi

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